lunes, 8 de agosto de 2011

Un día en las carreras de Mongolia

Publicamos en este blog un interesantísimo artículo, de Pablo M. Díez de ABC.com,  sobre las carreras de caballos en Mongolia :




PABLO M. DÍEZ / ENVIADO ESPECIAL A TSENHER (MONGOLIA)


En Mongolia, los niños aprenden a montar a caballo antes que a leer y escribir. A los tres años ya cabalgan junto a sus padres y, a partir de los cinco, hasta pueden competir en las numerosas carreras que se celebran por todo el país, sobre todo en primavera.
Una de ellas tiene lugar en Tsenher, a 30 kilómetros de Tsetserleg, la capital de la provincia de Arkhangai, ubicada en la región de Mongolia Central a unas seis horas en coche de Ulan Bator por carreteras de mala muerte plagadas de socavones. Como la hípica es el deporte con más tradición y seguidores entre los mongoles, junto a la lucha libre y el tiro con arco, cientos de espectadores se arremolinan en torno a los jinetes, de entre cinco y 14 años y galopan en carreras de hasta 14 kilómetros. Con una superficie tres veces la de España y solo 2,7 millones de habitantes, la mitad de ellos viviendo en Ulan Bator, en Mongolia todo es a lo grande, menos los jinetes y los caballos.
A sus 14 años, Magsarjav apenas levanta un metro y cuarenta centímetros del suelo y en la báscula solo marca 38 kilos. Su caballo, pequeño como un potro pero fuerte y resistente como un buey, le triplica el peso y es capaz de trotar los 20 kilómetros de las carreras de los adultos. Buena prueba de ello es que, compitiendo con este animal desde que tenía seis años, Magsarjav ya ha ganado 11 medallas.
«El caballo mongol es puro y es el único que aguanta tan largas distancias. Un buen ejemplar puede llegar a costar unos cinco millones de tugrik (2.795 euros), pero por el más caro de Mongolia se pagan hasta cien (55.913 euros)», explica Itgonbasar, vaquero de 30 años que entrena a su sobrino Bazarsad, de 15. Con su caballo ya ha logrado 14 medallas, 6 de ellas de oro.

Carne de apuestas

Ambos han venido en camión desde Undurulaan, un pueblo que está a 160 kilómetros pero desde el que se tardan seis horas a través de las pistas de tierra que recorren la inmensidad de la estepa. Como ellos, cientos de personas procedentes de los alrededores se dan cita al amanecer endomingados con el «deel», el característico traje mongol de largas mangas que cubre desde los pies hasta el cuello como si fuera un abrigo. Como carece de bolsillos, los mongoles lo guardan todo en su interior a la altura de la cintura, abombada por el pañuelo que se anudan alrededor para sostener sus documentos y el dinero.
Familiares y entrenadores de los jinetes llevan dentro de sus «deel» gruesos fajos de billetes para apostar. Aunque el juego está prohibido, la Policía hace la vista gorda mientras patrulla en viejas furgonetas de la época soviética. Algo les caerá porque en las carreras participan medio centenar de caballos y se acumulan premios de hasta 15.000 euros, que se reparten los cinco primeros. En Ulan Bator el ganador se lleva un todoterreno valorado en unos 35.000 euros.
Para participar en las carreras hay que pagar un seguro de 5.000 tugrik (tres euros), una minucia en comparación con la recompensa y el prestigio que esperan al vencedor. Pero en los últimos tiempos se ha abierto en Mongolia el debate sobre la excesiva distancia de las carreras y la corta edad de los jinetes, algunos de los cuales han sufrido heridas o incluso han muerto al caerse de los caballos porque la mayoría cabalga sin sillas de montar.
Mientras los mayores arman en pocos minutos las «yurtas» que a modo de restaurantes sirven cordero y vodka en abundancia, los pequeños cabalgan al galope por la verde e interminable estepa. En Mongolia, las carreras de caballos son muchos más salvajes y excitantes que en Ascot o Sanlúcar de Barrameda.

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